Presentaciones con pasión pero sin cariño

Si alguien ha experimentado alguna vez una mudanza integral – tener que abandonar por completo un lugar y llevarse con él todos sus enseres – se habrá dado cuenta en seguida de la gran cantidad de cosas que guardamos y que no utilizamos nunca jamás. Quizás nuestros orígenes recolectores nos impulsan a acumular recuerdos y “porsiacasos” por toda la casa sin darnos cuenta y solo nos percatamos de ello cuando podemos cuantificarlos en cajas de cartón. Pronto hará un año de mi último traslado y todavía tengo una media docena de cajas sin colocar cuyo contenido no he necesitado para nada.

¿Por qué actuamos de este modo?

Los seres humanos tenemos la virtud o el defecto de asociar emociones y vivencias a las cosas hasta el punto de cogerles cariño. Por eso guardamos aquella camisa que me puse en mi boda y que hace 5 años que no me entra. O los apuntes de 7 años de carrera por si acaso un día necesito un dato (aunque no los haya consultado en 12 años porque Google es más rápido)… Los objetos nos traen recuerdos y por eso nos es muy difícil desprendernos de ellos.

Cuando preparamos presentaciones nos ocurre lo mismo. Generalmente debemos hablar sobre temas que hemos trabajado intensamente durante largo tiempo, temas en los que tenemos puestas nuestras esperanzas, temas que nos apasionan y sobre los que podríamos estar hablando durante días… Y esa intensidad que hemos vivido durante la preparación y el trabajo de aquello sobre lo que debemos hablar nos empuja a hacerlo sin obviar ningún tipo de detalle. En definitiva: le hemos cogido cariño al tema.

Y el cariño es lo peor que nos puede ocurrir para realizar una presentación.

Garr Reynolds, en su libro Presentation Zen (un libro de lectura obligatoria para aquellos que quieren aprender a diseñar buenas presentaciones), habla de tres principios que deben imperar en la preparación de toda presentación: Simplicidad, Autocontrol y Naturalidad.

Los dos primeros son el caso contrapuesto al cariño del que estábamos hablando. El diseñador debe aprender a alienar el cariño para poder desprenderse de cuanto no es necesario. Debe aplicar muy bien el autocontrol en busca de la simplicidad.

Recientemente, un cliente me pidió una presentación en la que quería destacar que su entidad tenía una largo historial que le avalaba. Se me ocurrió resumirlo en una única transparencia indicando “Más de 30 años de experiencia nos avalan”. Sin embargo, cuando el cliente lo vio, me comentó que quería que aparecieran los eventos más destacables de la vida de su entidad en la presentación. Les tenía tanto cariño (lo cual es comprensible) que no entendía que el verdadero mensaje no era dar a conocer su historia sino transmitir que esa historia era una garantía. Y que incorporar la historia en la presentación diluiría muchísimo el mensaje. Para el cliente primaba el cariño por delante de la simplicidad y la efectividad.

En resumen: cuando tenemos que realizar una presentación debemos tener la capacidad de olvidarnos de quiénes somos y ponernos en la piel de aquellos que van a escucharnos para lograr discernir cuáles de los elementos que conforman nuestro proyecto (todos apasionantes para nosotros) serán útiles y apasionantes para ellos. Hemos hablado en artículos anteriores sobre la necesidad de transmitir la pasión en nuestros discursos. Y eso es lo que debemos hacer. Pero sólo sobre aquellos aspectos que sean claves para la comprensión del mensaje. Los demás, por más interesantes que nos parezcan, debemos dejarlos a un lado. Las presentaciones tienen que ser con pasión, pero sin cariño.

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