Los canelones, con bechamel

Ponemos punto final a las fiestas navideñas. Una época propicia para estar en familia, recibir muchos regalos y, sobretodo, comer. Y en mi ranking particular de platos, los canelones, un año más, ocupan el número uno.

Este año, mientras me comía mi ración de los famosos canelones de mi madre, me dio por pensar en ellos con un poco más de profundidad de lo habitual. Y, como me pasa con otras cosas como el teatro, le vi un parecido con el mundo de las presentaciones.

Cuando yo era pequeño, me gustaba observar a mi madre mientras los hacía. Me encantaba ver como entraban los pedazos de ternera, de cerdo, de gallina, etc… en una máquina que los convertía en picadillo. Y la tentación de coger un pellizco de aquella masa de carne siempre me podía (una vez tras otra). Tenía un gusto excelente. Sin embargo, era algo demasiado seco como para ser digerido fácilmente. Dos o tres pellizcos se podían comer, pero no mucho más.

Al mismo tiempo, recuerdo a mi madre poniendo la pasta en remojo y tendiéndola luego sobre un paño de cocina para poder preparar los canelones. Siempre había alguna lámina que se rompía y quedaba inservible para preparar el plato, pero no lo suficiente para que yo no me la comiera. Qué cosa más sosa y blanda!!!

Así que mi plato preferido de Navidad estaba hecho de una masa de carne seca y una lámina de pasta sosa y blanda!!! ¿Cómo podía ser que me gustase tanto semejante mezcla de despropósitos? La clave estaba en la bechamel.

En la mayoría de presentaciones a las que asisto, al igual que sucede con los canelones, los ingredientes son de primera. Acostumbran a estar muy bien cocinados y al mezclarlos se obtiene un resultado exquisito. Pero cuestan mucho de digerir. Les falta la bechamel. Aquella salsa que lo envuelve todo y convierte una masa seca en un manjar de dioses.

La bechamel de las presentaciones es su hilo conductor. Debemos tener presente que cuando hacemos una presentación no estamos mezclando ingredientes, estamos contando una historia que debe ser apetecible y fácil de entender y digerir. Por lo tanto, debemos encontrar esa unidad temática que nos permita ir pasando por la presentación dotándola de sentido. Si somos capaces de crear ese hilo conductor la presentación logrará cautivar a la audiencia con independencia del tema tratado.

No sirve de nada comprar los mejores ingredientes si luego no somos capaces de convertirlos en un suculento plato. Podemos haber estado trabajando mucho durante tiempo. Podemos haber invertido dinero en cuidar la imagen y el diseño. Podemos haber mejorado nuestra comunicación no verbal. Pero si no somos capaces de unir todos estos elementos bajo una unidad temática que lo suavice todo en conjunto, no obtendremos el resultado excelente que nuestros comensales, la audiencia, espera de nosotros.

Que quede claro: Los canelones, con bechamel. Y las presentaciones, con historia. 

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