Mejorando las habilidades comunicativas con el cubo Rubik

Como venimos diciendo desde hace un tiempo, lo mejor para aprender a hablar en público es hablar en público. O, lo que es lo mismo, practicar, practicar, practicar y practicar. Y para practicar, lo que hacen falta son oportunidades.

Por eso una de las líneas en las que estoy trabajando es generar o idear oportunidades para que los niños, ya sea en casa o en el colegio, puedan poner en práctica sus habilidades comunicativas.

Y hoy quiero contarte una que he puesto en práctica con mi hijo recientemente.

Cuando el placer se encuentra con el talento

RubikA finales de octubre del año pasado ocurrió algo maravilloso para cualquier padre o madre que se preocupa mínimamente por el devenir de sus hijos. Mi hijo encontró algo que no sólo le gusta, sino que además tiene talento para ello: el cubo Rubik.

Este rompecabezas mecánico tridimensional, inventado en 1974, vuelve a poblar las aulas más de 40 años después. Y mi hijo, un buen día, se presentó a casa con un cubo Rubik que le había comprado su abuelo.

Como yo tuve uno en su día y fuí incapaz de resolverlo, pensé que ahora, con la ayuda de internet, seguro que encontraba algún tutorial. Y así fue. Lo aprendí y se lo enseñé a mi hijo. Y ahí empezó todo. Al cabo de dos días ya era capaz de resolver el cubo en 2 minutos. Y desde entonces su idilio con este juguete no ha cesado.

Ahora no sólo es capaz de resolverlo en aproximadamente un minuto sino que ha ampliado su repertorio con otros cubos (el piramidal, el dodecaédrico, etc…). Y eso lo ha hecho tan popular en el colegio que a pesar de estar haciendo segundo de primaria, niños de cuarto , quinto y sexto acuden a él para que les enseñe nuevos trucos.

La dificultad de saber explicar

Esta situación se prolonga también más allá del horario escolar. Y fue precisamente en esos momentos, en los que yo estoy presente, que pude fijarme en cómo mi hijo explicaba a otro niño (o a veces a un adulto) cómo se resuelve el cubo.

Cuando analizas situaciones de este estilo salta a la vista que no es lo mismo saber hacerlo que saber explicarlo. Mi hijo es una flecha haciendo el cubo. Incluso a veces es capaz de descubrir por sí solo algunos atajos para acortar los pasos a seguir. Tiene una capacidad increíble para interpretar el cubo y mover sus dedos rápidamente para efectuar los algoritmos pertinentes (todo eso para la edad que tiene – 7 recien cumplidos). Pero no es capaz de explicarlo de forma comprensible a sus amigos.

¿Por qué?

La respuesta se llama…

La Maldición del conocimiento

Más allá de las propias limitaciones comunicativas propias de su edad, a mi hijo le ocurre lo mismo que les pasa a la gente que domina mucho un tema: sabe demasiado. Sobretodo comparado con la gente a la que le tiene que explicar el cubo.

Existe, por ejemplo, una nomenclatura específica utilizada para resolver el Rubik, que ya forma parte del vocabulario de mi hijo pero que a su vez es completamente desconocida para aquellas personas que empiezan a aprender a resolverlo.

Tampoco el tiempo y la velocidad de resolución de mi hijo tienen nada que ver con la de alguien que justo empieza.

Y mucha de la lógica de los movimientos que se hacen es completamente invisible para alguien que nunca ha resuelto el cubo.

Por eso es muy divertido ver las caras de poker de los demás cada vez que mi hijo empieza a explicarlo: “una vez hecho el F2L ahora hacemos FRUR’U’F’ para completar la cruz amarilla. Hacemos así, así, así y así y ya lo tenemos” – mientras hace girar las caras del cubo a toda pastilla.

Mi lucha, por ahora, es lograr que comprenda que no basta con explicar los pasos, sino que lo importante es que la otra persona logre comprenderlos. Y que, por lo tanto, la explicación no debe terminar hasta asegurarse de que la otra persona lo entendió.

En otras palabras, intento que supere la maldición del conocimiento y que sea capaz de ponerse en la piel de la otra persona y adaptar el discurso y el ritmo a su interlocutor.

Explicar aquello que uno domina

En cualquier caso, buscar oportunidades en las que tu hijo o tu alumno pueda hablar en público sobre alguna de sus pasiones, es un ejercicio casi obligatorio.

Por un lado, como hemos comentado, ayudará al niño a superar la maldición del conocimiento. A meterse en el lugar de la otra persona y adecuar la explicación a su nivel.

Además, como es un tema que dominan, no necesitarán dedicar el tiempo a preparar el tema y pueden centrarse en preparar únicamente la explicación. Invertirán el tiempo en pensar cómo adecuar lo que saben a la gente que le va a escuchar.

Y por último, al ser SU TEMA (en mayúsculas, sí), la pasión viene ya incorporada.

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